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El Ejecutivo Surfista – CAPITULO 2: LA LLEGADA

El Ejecutivo Surfista – CAPITULO 2: LA LLEGADA

El Ejecutivo Surfista – CAPITULO 2: LA LLEGADA

“refiérase como rey, a aquel que no esté interesado en reinar”

– Mevlana Rumi

 

Franklin James Skylar llegaría en el vuelo American Airlines 2107 procedente de San Juan, Puerto Rico. Un chequeo por Twitter y una llamada a Orlando Coronel, amigo surfista que operaba la torre de control del aeropuerto, confirmó sobre el retraso. El vuelo llegaría a las 2:30 pm. El avión  no había salido del aeropuerto de San Juan! Esto le daría a Jose Angel una ventana de cuatro horas para matar, y sin pensarlo, en lugar de regresar de nuevo vía Caracas, siguió derecho por la carretera de la costa,  hacia la población de Naiguatá, al este de Maiquetía, Puerta de entrada a las playas de surf del Litoral Central.

La vía tranquilizaba la ansiedad por su aura de caribe urbano. Lo suficientemente cerca para estar conectado con la ciudad y lo suficientemente lejos para sentir que estaba conectado con el placer del mar. Tenía mucho tiempo que no bajaba al litoral. El aire de mar, con la música de Jack Johnson al fondo y la carretera bordeada por la montaña a la derecha y el Mar Caribe bajo un sol intenso enmarcado por un cielo azul cobalto a la izquierda lo transportaba a otra época. Una época donde no existía el stress y menos, la necesidad de acumular dinero. El día se presentaba como tenía que hacerlo, fluyendo armónicamente. Al llegar a Punta de Mulatos, pudo constatar su intuición. Había una fuerte marejada del norte golpeando la costa.  Lo que los pescadores de la zona llaman un mar de fondo.

Quizá era la gran marejada que se estaba esperando, una forma del universo exclamar que las condiciones cambian o quizá simplemente era una señal. . Ya había leído los tweets dentro del círculo de surfistas acerca de las olas de veinte pies que se estaban corriendo en Rincón, Puerto Rico. Esa misma energía mandaba pulsaciones al sur del Caribe. Esa misma energía resonaba con Jose Angel al subir el volumen y pisar el acelerador, en un estado de alucinación activa contemplando aquel estremecedor paisaje.

Las olas se presentaban como líneas remontando  hacia el horizonte, cabalgando desde el horizonte, rompiendo de forma perfecta mar adentro y proyectando su fuerza alrededor de las puntas y malecones de Macuto hasta explotar con toda su furia en la orilla llevando la espuma hacia el cielo como un tronco encendido en fuego al soltar sus chispas. En algunos puntos el mar rebasaba el rompe olas y enviaba espuma a la carretera. La pasión y la adrenalina volvió a recorrer su cuerpo y todos los problemas quedaron atrás. Sólo importaban las olas y el placer de volverse uno con el inmenso mar caribe, montando montañas líquidas, producto de tormentas a tres mil millas de distancia.

Durante el recorrido recordó los momentos cuando éste tipo de libertad era parte de un ritual diario. Claro, las clases de inglés no pagaban mucho y sus pinturas se vendían solo de forma esporádica,  pero era feliz. Esta sensación que tenía en éste instante y que parecía extraordinaria, era antes, una estructura permanente. Después que la tribu creció y un nuevo apartamento generó una hipoteca draconiana, decidió buscar otra oportunidad de ingreso y a causa de una excelente referencia de un cliente de IBM Internacional fue a parar a las oficinas de Daniel Chandler.

El proceso fue repentino, Chandler lo contrató instantáneamente. Luego viajó a Nueva York para certificarse como entrenador coach de desempeño óptimo en ventas y en tres semanas estaba o enchufado a un teléfono vendiendo o metido en una sala de conferencia, entrenando profesionales de venta. Pasó a formar parte de un grupo internacional de ejecutivos sin tiempo para más nada, impulsado por adrenalina y poder, compitiendo por el primer lugar en ventas.

Pero, en éste momento, nada de eso importaba, aquí estaba en su camioneta rumbo a Puerto Azul. La pasión por la vida volvió a llenarlo al ver todas las líneas del mar desaparecer hasta el horizonte. Lo único que importaba ahora eran las olas y el placer de ser uno con ellas.

Era uno con el momento presente.

Jose Angel disfrutaba este presente a plenitud, libre para desempeñarse y crear algo nuevo, vivir el momento manteniendo sus sueños vivos. En éste estado, Jose Angel podía enseñar, pintar, escribir, negociar y vivir. Sonrió mientras estacionaba su Cherokee Limited. Rápidamente enceró su tabla Donald Takayama Nose Rider 9´2 y corrió a través del legendario club de Yates hacia la Playa Oceánica. El tiempo se detuvo, Jose Angel se mimetizó con el ambiente, explotando con la emoción de una sesión de surf. Un solo enfoque, un solo significado, una sola acción por ejecutar.

Al llegar a la playa, respiró profundo.  La remada hacia mar adentro no sería fácil. Las olas llegaban una detrás de otra, la marejada crecía, y esto sería el comienzo. Sabía que el fin de semana estaría “explotado”  con olas merecedoras de un viaje a Chirimena o Cuyagua, playas lejanas, puntos secretos en la costa!

Con un gesto de certeza y un golpe fuerte al pecho, Jose Angel entró en el agua, y remó con furia.  Con brazadas largas y seguras, avanzó entre las rompientes. La corriente lo llevó a unos cien metros de la orilla y coincidió con la llegada del primer set de olas. Debían medir unos dos metros, pero desde su perspectiva, le parecían cinco!

Pasó la primera ola con facilidad, pero las siguientes no fueron tan misericordiosas. La segunda ola se levantó frente a Jose Angel como una locomotora y pudo pasarla por debajo, al estilo hawaiiano, pero al salir a la superficie notó que la corriente ya lo había transportado otros 200 metros mar adentro, remó con fuerza pasando la siguiente ola por arriba, dejando pasar otra leva y sentir el baño de agua salada y espuma que dejaba la estela de la inmensa ola. Casi sentía el alivio de llegar a la zona segura, sin embargo, pudo avizar lo inevitable.

No tuvo tiempo de enfrentar al próximo monstruo verde que se le venía encima. La ola, cómo un  tren reventó su poder sobre él,  aplastándolo y hundiéndolo a tres metros por debajo del agua, succionándolo con todo y tabla como un agujero negro líquido. Sintió como si estuviese dentro de una gigantesca lavadora automática, dando vuelta y vuelta, perdiendo noción de posición,  sin saber donde quedaba la superficie. Sabía lo importante de relajarse en estas situaciones, pero al estar ya casi treinta segundos abajo, era inevitable desesperarse.

Buscó unir  todas sus fuerzas para nadar hacia la luz, pero al salir al punto de flote, se consiguió con  una capa de medio metro de espuma, ni agua ni aire, solo una masa blanca que le impedía ver y respirar. Con un último esfuerzo,  pudo llegar a la superficie y agarrar un respiro rápido, lo suficiente para agarrar oxígeno antes de ser sepultado bajo la siguiente ola, la más grande del set:.

Un monstruo de 3 metros.

El ciclo siguió hasta que, con poco aire ya, logró asirse a su tabla y seguir remando. La pasión de surfear superaba el obstáculo siempre. Nunca dudó acerca de alcanzar su objetivo, otros cien metros mar adentro. De nada valía quedarse en la zona de impacto – regresar a la orilla sería imperdonable. Logró pasar el siguiente set, y el mar le abrió los brazos hacia un espacio amplio de aparente tranquilidad entre las marejadas, sabía que esto no duraría mucho así que, remando con lo que le quedaba de fuerza pudo salir a la zona de seguridad, más allá de las rompientes.

Al recoger fuerzas y pudo observar mejor el panorama. Las olas reventaban mar adentro y la distancia de recorrido pasaba de 150 metros. Desde Punta de Piedras, pasando por la playa Oceánica de Puerto Azul hasta llegar al faro se podía surfear una ola verde, larga, grande, peinando su cresta con la brisa de la mañana.  Esto le daba una forma especial surrealista al tubo esmeralda invitando a una fusión de aire, agua y energía pura.. Pura vida.

Jose Angel se posicionó frente a la boca del río de Naiguatá, y esperó el set: Seleccionó la tercera ola y con dos remadas la ola lo levantó y abrió sus fauces. En estado de puro instinto Jose Angel se levantó y, montado en su tabla, bajó la ola con una velocidad vertiginosa. Cruzó y fue proyectándose por la línea paralela a la ola que seguía agarrando fuerza y velocidad.  Se pegó de la pared líquida y permitió que la ola lo envolviese en su tubo, esa catedral de cristal verde donde tiempo y espacio se pierde, la ola abrió de nuevo sus fauces y la recorrió hasta la mitad de la playa. Soltó un grito primal al ver lo largo del recorrido.  Jose Angel estaba en la cima del mundo.

Fue una buena sesión, el tiempo transcurrió demasiado rápido. Aprovechó la última hora para relajarse en la paya y absorber el sol del trópico. Después de una ducha vigorizante, estaba listo para seguir con la tarea del día, aunque sentía que ya la tarea principal había sido completada.

Ya en el aeropuerto Jose Angel se preguntaba acerca de Frank J. Skylar. ¿Cómo sería esa visita corporativa, que órdenes tendría, sería acaso una visita para cortar cabezas? Estaría dentro del grupo afectado por downsizing? El rumor en la firma era que venía una movida de mata.

Era fácil perder la estructura de fluidez para retornar a esa sensación de incertidumbre que se había vuelto tan familiar. Enfocándose hacia lo que podría ser un tipo corporativo, se fijó en los que llenaban el perfil, los guerreros de carretera acostumbrados a clubes VIP en los aeropuertos, de aproximadamente 45 años, lentes, trajes ejecutivo, maletines de cocodrilo. No tuvo éxito localizándolo a pesar de los gritos de “SKYLAR, Frank Skylar!” sobre el caos de la tarde caliente y pegajosa de Maiquetía. De pronto dentro de la multitud vió un bolso para cargar tablas de surf y su dueño lentamente caminando hacia él. Pensó en lo absurdo de viajar a surfear a Venezuela, no es que no existan buenas olas, pero en línea de destino internacional, Costa Rica, Barbados y Puerto Rico eran las preferidas en ésta época del año. Más sorpresa se dio cuando con una gigantesca sonrisa y un apretón de manos confiable y firme, el surfista que tenía enfrente le dijó: “Jose Angel. Navarro?! Frank Skylar, encantado de conocerle! Crees que puedo llevar las tablas en tu vehículo, si no es molestia?”

Tardó en procesar la imagen, totalmente desarmado para ésta situación. Ahí estaba frente a la visita corporativa más importante de la historia de COMMUNISINC Latinoamérica de los últimos 5 años. Un surfista viajero, con sus bermudas QUICKSILVER, zapatos deportivos Nike, y una camisa discretamente hawaiana. Su mirada penetrante con sus ojos verde oscuro enmarcaba una cara profundamente bronceada, cincelada, que reflejaban años de sabiduría. Aún con intentos de corte de cabello ejecutivo, había algo de descolore por el sol que delataba una vida cerca del océano.

La caminata hacia el auto fue una verdadera experiencia. Jose Angel sabía que tenía que mantener una compostura corporativa, sin embargo, la curiosidad era demasiado grande. ¿Quién sería en realidad este ejecutivo que no le importaba el atuendo considerando que los surfistas en el mundo no son del todo recibidos como Gerentes o Directores Corporativos? Este tipo era responsable de millones de dólares en ingreso por consultorías, y dueño de la metodología que la generaban.

Pero quizá la vibra conectó con los acontecimientos del día, en lugar de hablar negocios. Jose Angel fue directo:

“Oye Frank, que llevas ahí, un longboard?”

Frank entendió de inmediato el tono surfista tán particular, y respondió con gran alivio.

“Sip! Una 9.2, y un 7.6 por si acaso, tengo pensado visitar Tobago después de ésta visita. De repente chequear el arrecife en Mt. Irving. También. Oye, tu también corres olas?”

“Sólo cuando es necesario” respondió Jose Angel de forma críptica, al ajustar los parales al techo para montar las 3 tablas de surf, para luego de una pausa agregar con fuerza y una sonrisa

“…y siempre es necesario”.

A partir de éste momento, el rapport se terminó de establecer por completo.

El camino a Caracas fue una increíble charla acerca de las condiciones de las olas en Venezuela, los mejores lugares. Escuchó con interés las historias de Frank Skylar acerca de olas legendarias en El Salvador, México, y sobre todo, su playa local Malibú, California. Frank Skylar estaba viviendo el sueño de todo surfista, vivir frente a la mejor playa, viajar frecuentemente, surfear las mejores olas del mundo y ganar dinero en el proceso!

Se había convertido, sin quererlo en El Ejecutivo Surfista.

Este no era un surfista común, Skylar tenía un profundo y sincero interés por el bienestar de los demás. Se notaba cono su capacidad de escuchar y realmente interesarse por cada frase, cada idea, cada pregunta. Su enfoque principal era contribuir a otros y ser una fuente de inspiración a todas las personas con quien entrase en contacto. Había aprendido fórmulas para mantenerse en estado de desempeño óptimo de forma contante y continua para sacar el máximo provecho de cada situación ya fuese en la sala de conferencias o en las olas del  mar.

Habló acerca de su nuevo plan para Communisinc y cómo alinear la empresa con principios nobles, con valores acordes con el cambio. Mencionó la necesidad desarrollar el aspecto espiritual de la compañía. Skylar creía en una fuerza superior que definía las metas que se había planteado años atrás, una de ellas siendo la gran empresa consultora que había ayudado a construir con su talento y recursos.

El Ejecutivo Surfista disfrutaba del paisaje y la vía hacia Caracas. Le emocionaba la sensación de llegar a ciudades en diferentes países, no importaba si era de trabajo o de placer, la energía era la misma. Era una sensación de anticipar lo desconocido, una nueva oportunidad y siempre, un paso más cerca a una meta más grande.

Frank reconoció el fuego dentro de Jose Angel y supo a través de la conversación que tenía talento. También se percató del conflicto que lo mantenía lejos de la abundancia que merecía. Algo le decía que éste viaje sería uno de descubrimiento, aprendizaje e iluminación, tanto para sí mismo como para este nuevo aprendiz.

Un conflicto estructural existe cuando estamos atrapados entre dos fuerzas. Por un lado estamos buscando lograr resultados más grandes, mejorarnos como personas y volver realidad nuestros sueños. Pero por el otro lado, lograr estas metas, significa que debemos encarar nuestros miedos y la incertidumbre. El miedo nos mantiene atados a nuestra zona de confort. Frank Skylar sabía que todos tenemos una gran misión que cumplir en nuestras vidas. Una fuente de energía está presente siempre para lograr todo lo que queremos, y todos estamos conectados a ella.

Había trabajado con personas de éxito en negocios, deportes, política y entretenimiento. Descubrió ese común denominador para romper con las fuerzas limitantes y desarrollar el coraje y la fe para hacer del viaje por la vida una de descubrimiento, pasión, alegría y amor.  Era su propósito ayudar a otros a obtener los mismos resultados y en el proceso, hacer de éste mundo un lugar más amistoso.

Su libro Rompiendo Barreras: la Ola 4, era un clásico en los procesos de Manejo del Cambio. Frank Skylar había logrado mantener su niño interior vivo combinando su pasión por aprender y coachear con su amor por el océano. Siempre conseguía el tiempo para surfear y manejar decisiones en la sala de conferencia, constantemente mejorando su destreza como surfista y como consultor internacional. Sin embargo, sentía que el cambio estaba pronto por darse. Algo estaba estancándose en sus proyectos. Los “quiero” se estaban transformando en “tengo que..”. Sabía que este viaje sería una experiencia diferente. Al acercarse ya a su hotel en Caracas, una idea comenzó a llegar a su momento de manifestación. Skylar comenzó a visualizar una forma de correr la siguiente ola de cambio.

La semana que viene. el Surf llega a las salas de conferencia, la lucha por poder comienza y nuestro héroe se da cuenta que el cambio hay que poseerlo.

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Fernando Celis

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