¿Cuánto de la arquitectura del coaching moderno nació antes de que lo llamáramos coaching?
Desde hace algún tiempo vengo presentando a productoras un proyecto documental llamado ORIGINS.
La idea es bastante sencilla. O bastante loca.
Un surfista emprende un road trip por Estados Unidos y luego por el resto del mundo acompañado por un viejo Master Coach. En el camino van encontrándose con algunos de los personajes que construyeron eso que hoy llamamos coaching, visitando los lugares donde ocurrieron algunas de sus grandes explosiones de conciencia, filosofía, psicología y transformación personal.
Una especie de documental histórico mezclado con el Viaje del Héroe.
Un Easy Rider del coaching, pero probablemente con mejores intenciones.
Este fin de semana, curiosamente, Spider-Man me recordó algo importante: los héroes nunca hacen el viaje solos. Necesitan aliados. Gente que crea en la aventura incluso cuando todavía parece una idea absurda dibujada en una servilleta.
Por eso decidí compartir este fragmento de ORIGINS.
También ocurrió otra cosa. Terminé de leer una biografía de Werner Erhard y The Book of est, de Luke Rhinehart, y volví a encontrarme con una sospecha que llevo años persiguiendo.
Cuando estudiamos la historia del coaching solemos recibir una genealogía bastante ordenada: filosofía, psicología humanista, management, aprendizaje organizacional y finalmente la aparición de distintas escuelas de coaching.
Muy académico, filosófico, y muy limpio.
Quizás demasiado limpio.
Porque cuando uno empieza a seguir a las personas —quién conoció a quién, quién trabajó con quién, quién estuvo sentado en qué seminario de California durante aquellos extraños años setenta— aparece una historia bastante más interesante.
Y bastante menos ordenada.
California, naturalmente
Existe una idea bastante repetida según la cual habría un coaching más humanista y europeo frente a otro coaching norteamericano, más pragmático, utilitario y orientado a resultados.
Creo que esa división simplifica demasiado la historia.
El coaching que practicamos hoy tiene múltiples influencias, mutaciones y escuelas, pero buena parte de su arquitectura moderna de transformación pasó por Estados Unidos y, particularmente, por California.
Sí, California.
Piscinas. Estrellas de cine. Surfing. Esalen. Hippies. Silicon Valley. El clan Manson. Los Beverly Hillbillies.
Y un vendedor de enciclopedias nacido John Paul Rosenberg y conocido entonces como Jack Rosenberg que abandonó Filadelfia, se reinventó y en aquello fuga a la Costa Oeste de USA, la tierra de California, terminó llamándose Werner Erhard.
Difícil inventar un personaje mejor.
Erhard había explorado buena parte del supermercado de transformación personal disponible en aquellos años: Dale Carnegie, Control Mental Silva, Abraham Maslow, Psycho-Cybernetics de Maxwell Maltz, Esalen, Scientology y, finalmente, Mind Dynamics, de Alexander Everett.
Era un vendedor extraordinario, un buscador obsesivo y un hombre aparentemente dispuesto a desmontarse y reconstruirse a sí mismo.
En 1971 lanzó est —Erhard Seminars Training—, una experiencia de aproximadamente 60 horas repartidas normalmente en dos fines de semana.
Y aquello definitivamente no se parecía a una sesión de coaching actual.
“You don’t get it, asshole!”
est no era coaching.
Tampoco era exactamente un seminario motivacional.
Era una especie de laboratorio de transformación humana con elementos que hoy resultarían difíciles de imaginar dentro de los estándares profesionales del coaching.
Los trainers podían ser autoritarios, confrontativos y deliberadamente provocadores. Había presión emocional, agotamiento, largas horas y una relación de poder muy marcada entre el líder y los participantes.
El propio Erhard podía dispararte:
“You don’t get it, asshole!”
No precisamente Competencia 4 de ICF, ni la Maestría 1 de la IAC
Pero detrás de aquella brutalidad había una pregunta extraordinariamente contemporánea:
¿Y si tú no fueras tu historia?
El entrenamiento avanzaba desmontando progresivamente aquello que la persona consideraba “real”.
Creencias.
Interpretaciones.
Experiencia.
Personalidad.
Mente.
Responsabilidad.
Posibilidad.
La primera grieta podía comenzar con una pregunta aparentemente inocente:
¿Lo que creo que es verdad es realmente verdad?
Desde allí aparecía otra distinción: pensar acerca de una experiencia no es lo mismo que experimentarla.
Y después una pregunta todavía más incómoda:
¿Quién eres… y quién has aprendido a representar que eres?
El destino de aquel recorrido era algo que dentro de est se conocía simplemente como “getting it”.
Captarlo.
Pero no intelectualmente.
Experimentarlo, en el ahora.
Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos.
Tengo una historia, pero no soy mi historia.
Tengo emociones, pero no soy mis emociones.
Tengo una personalidad, pero mi existencia no termina allí. La transformación no consistía en instalar pensamientos positivos encima de pensamientos negativos. Era cambiar la relación que tenías contigo mismo, y ahí es donde esta historia comienza a ponerse realmente interesante.
Entra Fernando Flores
Fernando Flores había sido ministro durante el gobierno de Salvador Allende en Chile. Después del golpe militar, prisión y exilio, terminó desarrollando buena parte de su trabajo intelectual en Estados Unidos.
Ingeniero, empresario y filósofo, Flores comenzó a construir una poderosa síntesis alrededor de una idea que hoy parece casi normal dentro del coaching:
el lenguaje no solamente describe la realidad; también participa en la creación de nuestra realidad social.
Flores integró influencias de Martin Heidegger y de la teoría de los actos lingüísticos de J. L. Austin y John Searle, entre otras corrientes.
Y tuvo relación intelectual y profesional con Werner Erhard y su entorno.
Aquí hay que tener cuidado.
Sería demasiado fácil escribir:
Erhard → Flores.
La historia parece bastante más interesante:
Erhard ↔ Flores.
Intercambio.
Una posible colisión entre dos mundos.
Por un lado, Erhard y una tecnología experiencial diseñada para producir transformación.
Por el otro, Flores y una arquitectura filosófica y lingüística extraordinariamente sofisticada para comprender cómo los seres humanos construimos mundos, compromisos y acciones.
Y de ese encuentro empieza a aparecer algo que cualquier coach contemporáneo reconocería.
De Flores a Olalla y Echeverría
Julio Olalla y Rafael Echeverría han reconocido la influencia fundamental de Fernando Flores en el desarrollo inicial de su trabajo.
Con ellos comenzaría a consolidarse progresivamente una metodología que organizaba la transformación alrededor de tres grandes dominios:
lenguaje + emoción + cuerpo.
Y aquí vuelve a aparecer una de esas coincidencias que me fascinan.
La PNL trabajó también con patrones de representación, lenguaje y fisiología. Tony Robbins desarrollaría posteriormente su conocida tríada de estado alrededor del enfoque, el lenguaje y la fisiología.
¿Es exactamente lo mismo?
No.
¿Hay un aire de familia?
Definitivamente.
En el Coaching Ontológico aparece además una figura central:
el Observador.
No respondemos simplemente a “la realidad”.
Respondemos a la realidad tal como la observamos.
Dos personas pueden atravesar exactamente el mismo acontecimiento y vivir experiencias radicalmente diferentes porque lo interpretan desde observadores diferentes.
Y cuando colocas esa idea al lado de la arquitectura de transformación de est, la semejanza comienza a resultar difícil de ignorar.
Entonces… ¿est inventó el Coaching Ontológico?
No.
Y esa sería precisamente la conclusión aburrida.
Tampoco creo que el Coaching Ontológico sea est traducido al español, vestido de Heidegger y enviado a Santiago de Chile.
Desarrolló un cuerpo conceptual propio alrededor del observador, los actos lingüísticos, los juicios, las declaraciones, los quiebres, las emociones, la corporalidad y las conversaciones.
Pero quizás heredó —directa o indirectamente— algo igualmente poderoso: una arquitectura de transformación.
Una forma de llevar a una persona desde la interpretación automática de su vida hacia una ruptura, una nueva mirada, responsabilidad y posibilidad.
Y eso merece ser investigado.
De la confrontación al partnership
Mientras tanto, en Estados Unidos aquella arquitectura también mutaba.
Personas vinculadas al ecosistema de Erhard, entre ellas figuras que posteriormente serían fundamentales para el desarrollo del coaching profesional, comenzaron a llevar algunas de aquellas ideas hacia formatos menos coercitivos, más conversacionales y centrados en el individuo.
Thomas Leonard se convertiría en uno de los grandes arquitectos de esa transición y posteriormente en una figura fundamental para el surgimiento de organizaciones profesionales de coaching. Laura Whitworth sería otra de las figuras esenciales de aquella primera generación.
Leonard fundó Coach U y, en 1995, la International Coach Federation. Whitworth cofundó en 1992 el Coaches Training Institute junto con Karen y Henry Kimsey-House.
El viejo modelo de confrontación comenzó a perder terreno.
El gurú empezó a bajarse de la tarima.
Y el cliente comenzó a ocupar el centro de la conversación.
Después llegaron décadas de investigación, Inteligencia Emocional, neurociencias, psicología positiva, nuevas metodologías y estándares profesionales.
El coaching fue civilizándose.
Afortunadamente.
Hoy hablamos de confianza, seguridad, escucha, presencia, curiosidad, acuerdos, autonomía y partnership con el cliente.
Es prácticamente el negativo fotográfico de un trainer gritándole “asshole” a alguien después de diez horas encerrado en una sala.
Y, sin embargo, debajo de ambos mundos permanece una obsesión común:
¿Qué tendría que cambiar en la manera en que una persona se relaciona consigo misma para que aparezca una nueva posibilidad?
Quizás allí está el verdadero hilo genealógico.
La pregunta que ORIGINS quiere perseguir
No estoy proponiendo que esta sea una conclusión histórica definitiva.
Es una hipótesis.
Y las buenas hipótesis son precisamente aquellas que te obligan a comprar un boleto de avión, agarrar una cámara y salir a buscar a la gente que todavía puede contar qué demonios ocurrió.
Quiero sentarme con quienes estuvieron allí.
Quiero preguntarles por Erhard.
Por Flores.
Por Esalen.
Por Leonard.
Por Olalla y Echeverría.
Por aquella California extraña donde coincidieron surfing, Gestalt, PNL, psicología humanista, filosofía, espiritualidad, empresarios, buscadores, charlatanes, genios y suficientes personajes excéntricos como para llenar varias temporadas de Netflix.
Quizás fue simplemente el zeitgeist.
El espíritu de una época.
O como cantaba Joni Mitchell sobre Woodstock, tal vez era el momento del año… o tal vez era el momento del hombre.
No lo sé todavía.
Precisamente por eso quiero hacer ORIGINS.
Porque entender de dónde viene el coaching no es solamente un ejercicio histórico.
También nos obliga a mirar aquello en lo que se ha convertido.
A reconocer lo que evolucionó.
Lo que dejamos atrás.
Lo que afortunadamente nunca debería regresar.
Y lo que todavía vale la pena conservar.
Después de todo, conocer el origen de una ola no te dice exactamente dónde va a romper.
Pero ayuda bastante cuando decides surfearla.
Nota histórica y fuentes
Este artículo propone una hipótesis interpretativa y no afirma que el Coaching Ontológico sea una derivación directa de est. Las conexiones personales e intelectuales entre algunos de sus protagonistas justifican una investigación histórica más profunda, pero determinar influencias metodológicas específicas requeriría documentación y testimonios adicionales.
Para esta exploración he consultado materiales históricos relacionados con Werner Erhard y est; trabajos sobre Fernando Flores y Conversations for Action; textos y testimonios vinculados con Julio Olalla y Rafael Echeverría; investigaciones sobre la historia del coaching; y documentación de ICF sobre la evolución de las competencias profesionales.
Entre los libros que acompañaron esta investigación están trabajos sobre Werner Erhard, Outrageous Betrayal de Steven Pressman, The Book of est de Luke Rhinehart, materiales históricos sobre el movimiento y Sourcebook of Coaching History de Vikki Brock.
También hubo numerosas conversaciones con coaches, colegas y referentes.
Algunas de ellas, debo admitirlo, bajo los efectos de un buen Pinot Noir californiano.
La investigación continúa.